viernes, 30 de marzo de 2012

LA ESPERA


 
 
Nada más existió para ella desde aquél día, ni los niños que jugaban a su alrededor escondiéndose tras ella como si solo se tratara de una parte más del mobiliario urbano de la estación, ni aquél caballero que, quitándose el sombrero, se hizo a un lado amablemente al percibir en su mirada el desgarrador vacío de tan infructuosa espera, ni el flash del fotógrafo que una vez más captaba su desolación. Se habían derramado ríos de tinta sobre su caso: “La novia loca que aún espera todos los días al soldado Javier Olmedo en el tren de las seis; nunca aceptó el fatídico día de su regreso en aquél oscuro cajón, cubierto por una bandera, que los soldados bajaron con solemnidad del vagón de carga”. Tampoco supo nunca en qué momento dejó de sentir dolor para convertirse en la estatua de bronce que hoy adornaba la estación. 
Al terminar su artículo Mauricio Contreras se acercó a contemplarla de nuevo y como siempre le embargó la ternura, le parecía tan real su desamparo que en un impulso irracional se quitó la chaqueta y cubrió con ella sus hombros desnudos.
 
 
Texto: María Isabel Machín García
Narración: La Voz Silenciosa

UNA TARDE GRIS

Ayer vi a un hombre descalzarse y abandonar sus alpargatas raídas como señal de rendición; luego se sentó a orillas de su desesperación, con los hombros ligeramente inclinados, las manos apoyadas en el suelo como quien sostiene sobre sus espaldas el peso de innumerables derrotas; cabizbajo y reflexivo parecía meditar sobre cada uno de los sueños muertos en tantas batallas libradas sin éxito; sus pies colgaban descalzos balanceándose sobre las turbias aguas del abandono y fue entonces cuando la tarde conmovida y solidaria se desnudó abandonando sus colores y poco a poco se vistió de gris.
Mi amiga me dijo, que ya estaba yo otra vez fantaseando con las vidas ajenas, que aquél hombre solo estaba tratando de refrescarse en la fuente porque la tarde-según ella- había estado soleada y calurosa, que luego, simplemente se había cubierto de nubes. Yo me uní a la tarde y guardé silencio.
Texto: María Isabel Machín García
Narración: La Voz Silenciosa

CARTAS DE AMOR Y DESENCUENTROS


4 de Febrero.
Hoy encontré una carta de amor bajo mi puerta; sin remitente, escrita a mano, con una caligrafía impecable; algunos rasgos de sus letras son tan personales que entusiasmarían a cualquier grafólogo; un texto elaborado con pulcritud, aunque reconozco algunas frases plagiadas, perfectamente encajadas en el escrito. En otro tiempo, esto me hubiera bastado para rechazarlo; nunca admití los engaños. Ahora lo contemplo con otros ojos; valoró su audacia; ese deseo de deslumbrarme con pequeños hurtos literarios, me conmueve. Supondrá que leo poco ¿quién puede imaginar mis aficiones literarias con esta guisa de triste dependienta de perfumes (sin perfume) a orillas de la jubilación?
Me dice, que desde hace años me ama en silencio; que nunca se atrevió a abordarme y prefirió que habitara sus sueños antes que aniquilar sus esperanzas con mi rechazo; pero que últimamente le está resultando difícil contenerse, consciente de que “el tiempo se nos escapa sin darnos tregua”.

7 de febrero.
¡Que larga se me hace la jornada entre aromas que odio! Al salir, escondo mi desgastada máscara de amabilidad forzada y acelero el paso. El corazón me late con fuerza al abrir la puerta de casa; sin encender la luz, palpo ansiosamente el suelo; la emoción de ese momento a oscuras, hasta que encuentro su carta, no lo cambiaría por nada; luego, la guardo celosamente para leerla al final de la noche. Hoy, me ha descrito con detalle el recuerdo que guarda de mi imagen montando en bicicleta, con la melena y la falda al viento. ¡Sabe Dios cuantos años hace que perdí de vista esa ridícula bicicleta con cestita; al igual que ocurrió con mi melena de la que me deshice junto con todo lo demás, el día que-harta de esperar- decidí desarmar mi coquetería.

9 febrero.
Ahora, mi corazón no quiere renunciar a estas misivas amorosas y me somete a la dictadura de sus impulsos, la sensatez que desde hace años regía mi existencia ha sido destituida. Bajo este yugo arrebatado, he comprado una falda de vuelo, a pesar que, desde hace años, sustituí mis vestidos por cómodos vaqueros. Al llegar a casa me la probé y bajo el influjo de la voz profunda de Leonard Cohen (la melodía que él dice escuchar mientras me escribe) comencé a danzar descalza, mientras mi falda volaba; danzaba ágilmente, como poseída por la imagen de mi juventud, sintiéndome ridículamente feliz.

14 de febrero 2.012 He notado que este estado de creciente felicidad me reconcilia con la vida y en el trabajo disfruto como antaño. Esta noche al llegar a casa creyendo oír pasos, corrí escaleras arriba; me sorprendió un ramo de margaritas en mi puerta. Presa de un impulso, toque el timbre de mi vecino Juan -por si había visto a alguien merodeando por allí-. Cuando abrió, nuestros ojos se encontraron y su rostro pareció iluminarse; por un instante, creí que me revelaría algo, pero, inexplicablemente, bajó la mirada negando con la cabeza. Molesta con él- no sé bien por qué- me dí la vuelta y cerré de un portazo.
Este Juan, sigue igual de apocado e indeciso. ¡Siempre me contuve de sacudirlo para que espabilara, desde que éramos de la pandilla del barrio! Mejor así, tampoco yo necesito desvelar quien me escribe.

Texto: María Isabel Machín García
Narración: La Voz Silenciosa

LUCIÉRNAGAS EN EL JARDÍN


Deambulaba por la casa arrastrando los pies, preso del desaliento, totalmente abatido, con la angustiosa sensación de que la sequía de su mente se estaba eternizando. Observó con extrañeza el escenario, ajeno a su manía por el orden; la papelera desbordada vomitaba los sobrantes de su contenido al suelo en un reguero de notas arrugadas, como si se encogieran avergonzadas de su contenido; sobre la mesa del escritorio, yacía el cenicero atestado de colillas estranguladas a medio usar, testimonios de esa dicotomía interna propia de un exfumador relapso consumido por la ansiedad de las largas noches de espera. La casa entera gemía de ausencia; era el momento de buscar ayuda en sus moradores silenciosos: los libros, nunca se deshizo de ninguno, 
los amaba, a cada cual por algo diferente. Escogió uno al azar entre sus “favoritos” y se acomodó en el sofá; lentamente, como quien saborea una exquisitez, consumió poco a poco la lectura sintiéndose reconfortado; el frío de la soledad en la que lo había sumido su ausencia se fue disipando. Aunque presentía que esta vez el abandono era definitivo. 
Hoy, el vecino, un joven y exitoso escritor, le había invitado a la presentación de su nuevo libro. Una vez allí, todos sus temores se confirmaron; se plegó sobre sí mismo como si lo atravesara una daga afilada en el instante que escuchó el título: “Luciérnagas en el jardín”; ¡eran sus “luciérnagas”! las guardaba celosamente para el lanzamiento de su próxima obra; ¡nadie más lo sabía! Comprendió entonces con quien se había fugado su Musa.
Texto: Maria Isabel Machín García
Narración: la Voz Silenciosa

ALBA






Desnudo de mujer
Joaquín Sorolla, 1902


Alba acepta su destino de musa solitaria, de mujer imposible e inalcanzable; aquella que se admira y se desea pero nunca se posee; la que jamás se olvida; esa con quien sueña el artista mientras desfoga su pasión con la compañera de turno; entretanto, su mente teje para ella los versos más hermosos.
Alba se sabe protagonista de muchas quimeras enquistadas. 
Su lozanía se perpetúa más allá del tiempo, pues nada hay que permanezca tan vivo en el alma de un artista, como la imagen idolatrada de un amor imposible.
Alba desnuda, rabiosamente bella, voluptuosa y distante, atrapa el alma del visitante del museo.

martes, 20 de marzo de 2012

JULIETTE Y "LA HUELLA DE LA AUSENCIA"






            Juliette y “La huella de la ausencia"



A Juliette  le gusta fotografiar las huellas de la ausencia, objetos que hablan, que cuentan historias…Un libro de poemas olvidado sobre un banco vacío que conserva el calor de los amantes; una mecedora que se balancea arrullando soledades; Un viejo sombrero que, sobre  una mesa tullida, guarda restos de pensamientos furtivos; Unas botas gastadas y polvorientas, cuenta historias de caminantes que, como dijo el poeta, hicieron camino al andar; juguetes rotos, olvidados al pie de una escalera; una casa en ruinas parece crujir aquejada de olvido. Trepadoras marchitas aferradas a los muros en un abrazo pos mortem; en una pared desnuda, cuelga un viejo cartel del film  “Sombrero de copa” donde Fred Astaire y Ginger Roger bailan  “Cheek to Check”...
Juliette presenta sus fotografías en blanco y negro; le gusta jugar con luces y sombras que confieren a su obra una gran belleza.    
La tragedia marcó su vida a una edad muy temprana. El destino le arrebató de un zarpazo a su amado en plena juventud; este impacto traumático la desterró a la nada y vagó por un inmenso vacío. Fue de la mano de la fotografía que regresó de su exilio.
La primera vez que Juliette tuvo conciencia de haber captado con su cámara algo especial, fue al revelar el retrato que hizo a la madre de su novio tras la muerte de este; allí, prendida en sus ojos, descubrió lo que ella llamó: “ la huella de la ausencia”, este hallazgo dotó de arte toda su obra.
                                                                      

sábado, 17 de marzo de 2012

ABONO PARA ROSAS

ABONO PARA ROSAS


 Mi abuelo  Justiniano Bonifacio Camino Asegurado, hombre sumamente culto y leído,  amante de la cultura griega, luchó lo indecible para que le admitieran los nombres propios elegidos para sus  mellizas; primero contra su esposa, mi abuela María de las Angustias del Arrollo Pulido que se oponía con fiereza  a tal desatino; ¡¡bastante tenían sus hijas, con cargar con sus apellidos, “Camino del Arrollo”!!  Luego, combatió la oposición de las autoridades eclesiásticas, que  pusieron como condición, anteponerles a ambas el nombre de  María; esto tranquilizó a mi abuela.  Las niñas se llamaron  María Temis y  María Némesis. Pero mi abuelo, Justiniano Bonifacio, gritaba  con dos pares de narices, a todo pulmón, los nombres de sus niñas:
-Teeeemis - Néeeemesis-
Curiosamente, desde bebés, solo atendían a estos  nombres.
 Recibieron una esmerada educación bajo la tutela de su padre; pero lo que nadie podía presagiar era, hasta que punto, los nombres de estas diosas griegas de la justicia y  la venganza determinarían sus vidas
Poseían gran inteligencia y  un fino sentido del humor. La botánica no tenía secretos para ellas; elaboran todo tipo de preparados con hierbas naturales, (que cultivaban en un pequeño huerto) y una pizca de productos químicos, suministrados por su amigo Rigoberto, el boticario del pueblo.
Dedicaban horas al cuidado sus rosas, famosas por su peculiar color rojo brillante debido- decían- a un componente secreto del abono.
 Justiniano Bonifacio, nunca imaginó, que sus niñas,  aplicarían la justicia  “con un par de narices” y sin temblarles el pulso.
Desde hacía algún tiempo, venían desapareciendo, como por encanto,  algunos maridos infieles de la comarca;  por  cada hombre desaparecido; en el jardín de mis tías,  aparecía un nuevo rosal. Cuando quise preguntarles, era demasiado tarde, pues aquél terrible día, mis tías fueron sorprendidas por la señora de la guadaña y allí quedaron, sentadas en sendos sillones, como si fueran cada una, el espejo de la otra, las cabezas ladeadas, las piernas extendidas, las manos abandonadas a su suerte,  y las tazas de té derramadas sobre la alfombra…
“Muertes sincronizadas”, dictaminó el forense  y se quedó tan ancho.
La policía encontró un diario escrito a dos manos. Contaban los hechos, con un par de narices: Acreditamos nuestra  inocencia,  fueron ellos los que  ingirieron de golpe el “elixir de la potencia” buscando aumentar su efecto y sabemos, que  “La diferencia entre medicina y veneno está en la dosis”
Han sido malos,  sin embargo, son buenos como abono para rosas.

 Relato preseleccionado para el concurso "CON UN PAR DE NARICES" 19-Marzo de 2.012
 en la Esfera Cultural